Debemos quitar ciertos conceptos de nuestro vocabulario. Apenas empiezo a hablar del tema, y ya he caído en la primera trampa, en la que gustoso me revuelco para iniciar mi disertación.
Pues quiero hablar hoy del "deber", en sus diversas conjugaciones y posibilidades. "Debo, debemos, deberías, debes...". La palabra favorita de Dios. La palabra favorita de chicos y grandes: los niños deben obedecer a sus padres, los gobiernos deben velar por el bienestar de sus ciudadanos, el arte debe elevar el espíritu y ejercer la crítica social, los niños deben vestir de azul y las niñas de rosa, los padres deben mimar a sus hijos... el acto mágico de hablar, que nos engaña y nos seduce. Ya lo dijo Proust de uno de sus personajes que, experto en las jerarquías nobiliarias, se deleitaba en citar los títulos completos de los pares de Francia, como si al acariciar sus sílabas gozara de sus privilegios, evocando en la cadencia de sus honores los banquetes y los placeres sólo a ellos destinados. Es lo más que podrá acercarse a la condición de los príncipes. De la misma manera, el hombre común, quejándose desde la tribuna de su cotidianidad (conde cumple su deber de hombre anónimo), se imagina en el magistrado donde se dictan los destinos cuando habla de que "los otros deben hacer esto o lo otro". Por lo menos de esa sabiduría podemos estar seguros: sabemos perfectamente lo que deben hacer los otros.
¿Qué contiene la palabra "deber"? Le reconozco un único uso legítimo: aquel que se le da al referirse a los trabajos. Decimos, por ejemplo, que un pastel debe dejarse hornear un tiempo determinado, que un deportista debe entrenar constantemente y que un actor debe comprender su papel. En este sentido, la palabra es nítida y luminosa: es fácil contestar para qué ha de cumplirse. Se deriva de un hecho tangible y concreto: si el pastel se hornea por más tiempo se quemará, si el atleta no entrena tendrá lesiones y no podrá desarrollar sus habilidades, si el actor no comprende su papel no podrá compartri su riqueza con el público. Nos encontramos frente a un deber mucho más poderoso, mucho más perentorio y ético: si quieres obtener esto, haz esto... como consecuencia, lo tendrás. Y luego el no debes: si no quiere que esto pase, no debes hacer esto...
De tal manera vivimos, como el personaje de Proust, acariciando, tiránicos, la palabra "deber", siempre con la idea inconsciente de que ese "deber" deriva de un estado metafísico (habitualmente de Dios). Simplemente nos es imposible concebir que las cosas sean diferentes a como las imaginamos, a como están establecidas, y cuando esto sucede, decimos que el trasgresor está "haciendo lo que no debe". ¿Qué pasaría si nos quitamos de la cabeza la idea de que los seres humanos deben hacer cosas, que están obligados por alguna ley dictada por un poder anónimo a cumplir mandatos? Mejor sería pensar, creo yo, en qué debemos hacer para obtener lo que queremos y si esto requiere de la violencia (como quizás lo requiera la situación actual del país, para acabar con ella), pues ni modo. No hay moral que valga en contra de este nuevo uso de la palabra deber.
Esto me parece mejor que lamentarse de que los políticos "no cumplen con su deber". El hecho es que son tipos con poder sobre otros... y en medio de tal circunstancia, harán lo que les dicte su voluntad. No podemos confiar (es una ingenuidad) en que su voluntad se guíe por "el deber"; por el contrario, el auténtico deber es dictado por la voluntad, pues el deber no existe previamente al hombre: existe tan sólo una sociedad, una tradición, que ha preservado ciertos deberes. Pero la condición primigenia del hombre (donde radica la esencia de su libertad) no los conoce. Al auténtico deber se llega por medio de la libertad, por medio de la voluntad, educada por los ideales del individuo.
Claro está que el poder de un político emana del pueblo sobre le que éste reina. En este sentido, es en el que decimos que "se debe al pueblo". Pero no podemos confiar en esto, y es absurdo, infantil, pensar que así debe ser. Si así debe ser es por nuestra voluntad de tener un buen gobierno.
En ese sentido, debe entenderse el inicio de mi alegato de la siguiente manera: debemos deshacernos de la palabra deber para encontrar nuestra libertad y liberarnos de una de las más pérfidas trampas del lenguaje.
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