viernes, 24 de abril de 2015

Las trampas del lenguaje

Debemos quitar ciertos conceptos de nuestro vocabulario. Apenas empiezo a hablar del tema, y ya he caído en la primera trampa, en la que gustoso me revuelco para iniciar mi disertación.
Pues quiero hablar hoy del "deber", en sus diversas conjugaciones y posibilidades. "Debo, debemos, deberías, debes...". La palabra favorita de Dios. La palabra favorita de chicos y grandes: los niños deben obedecer a sus padres, los gobiernos deben velar por el bienestar de sus ciudadanos, el arte debe elevar el espíritu y ejercer la crítica social, los niños deben vestir de azul y las niñas de rosa, los padres deben mimar a sus hijos... el acto mágico de hablar, que nos engaña y nos seduce. Ya lo dijo Proust de uno de sus personajes que, experto en las jerarquías nobiliarias, se deleitaba en citar los títulos completos de los pares de Francia, como si al acariciar sus sílabas gozara de sus privilegios, evocando en la cadencia de sus honores los banquetes y los placeres sólo a ellos destinados. Es lo más que podrá acercarse a la condición de los príncipes. De la misma manera, el hombre común, quejándose desde la tribuna de su cotidianidad (conde cumple su deber de hombre anónimo), se imagina en el magistrado donde se dictan los destinos cuando habla de que "los otros deben hacer esto o lo otro". Por lo menos de esa sabiduría podemos estar seguros: sabemos perfectamente lo que deben hacer los otros.

¿Qué contiene la palabra "deber"?  Le reconozco un único uso legítimo: aquel que se le da al referirse a los trabajos. Decimos, por ejemplo, que un pastel debe dejarse hornear un tiempo determinado, que un deportista debe entrenar constantemente y que un actor debe comprender su papel. En este sentido, la palabra es nítida y luminosa: es fácil contestar para qué ha de cumplirse. Se deriva de un hecho tangible y concreto: si el pastel se hornea por más tiempo se quemará, si el atleta no entrena tendrá lesiones y no podrá desarrollar sus habilidades, si el actor no comprende su papel no podrá compartri su riqueza con el público. Nos encontramos frente a un deber mucho más poderoso, mucho más perentorio y ético: si quieres obtener esto, haz esto... como consecuencia, lo tendrás. Y luego el no debes: si no quiere que esto pase, no debes hacer esto...

De tal manera vivimos, como el personaje de Proust, acariciando, tiránicos, la palabra "deber", siempre con la idea inconsciente de que ese "deber" deriva de un estado metafísico (habitualmente de Dios). Simplemente nos es imposible concebir que las cosas sean diferentes a como las imaginamos, a como están establecidas, y cuando esto sucede, decimos que el trasgresor está "haciendo lo que no debe". ¿Qué pasaría si nos quitamos de la cabeza la idea de que los seres humanos deben hacer cosas, que están obligados por alguna ley dictada por un poder anónimo a cumplir mandatos? Mejor sería pensar, creo yo, en qué debemos hacer para obtener lo que queremos y si esto requiere de la violencia (como quizás lo requiera la situación actual del país, para acabar con ella), pues ni modo. No hay moral que valga en contra de este nuevo uso de la palabra deber.
Esto me parece mejor que lamentarse de que los políticos "no cumplen con su deber". El hecho es que son tipos con poder sobre otros... y en medio de tal circunstancia, harán lo que les dicte su voluntad. No podemos confiar (es una ingenuidad) en que su voluntad se guíe por "el deber"; por el contrario, el auténtico deber es dictado por la voluntad, pues el deber no existe previamente al hombre: existe tan sólo una sociedad, una tradición, que ha preservado ciertos deberes. Pero la condición primigenia del hombre (donde radica la esencia de su libertad) no los conoce. Al auténtico deber se llega por medio de la libertad, por medio de la voluntad, educada por los ideales del individuo.
Claro está que el poder de un político emana del pueblo sobre le que éste reina. En este sentido, es en el que decimos que "se debe al pueblo". Pero no podemos confiar en esto, y es absurdo, infantil, pensar que así debe ser. Si así debe ser es por nuestra voluntad de tener un buen gobierno.

En ese sentido, debe entenderse el inicio de mi alegato de la siguiente manera: debemos deshacernos de la palabra deber para encontrar nuestra libertad y liberarnos de una de las más pérfidas trampas del lenguaje.

martes, 7 de abril de 2015

Cuando las ideas se vuelven costras

"Estamos tan intoxicados de ideas transmitidas a lo largo de las generaciones
que ni siquiera los mejores entre nosotros hemos llegado a liberarnos de ellas"
PETER WEISS

Voy a tratar de evitar en lo posible incurrir en el cómodo vicio de generalizar para hacer menos evidente el desnudo. Hermosa frases como "la naturaleza humana" para comenzar una descripción poco halagadora de uno mismo. Tal vez peco de soberbia al pretender que mis vicios son exclusivamente míos, y aquello que critico no sea otra cosa que el método más sabio para conocer la naturaleza humana: inspeccionarse a uno mismo, porque lo que hay en la propia alma, seguro la habrá en la de los otros. Prefiero imaginar que peco de humildad y de buena fe para con mi prójimo, o acaso de un poco de miedo a incurrir en falsas acusaciones. Pero la única verdad de mi prevención contra las generalidades es el exhibicionismo que me caracteriza; prefiero el efecto estético de la confesión a la severidad de las acusaciones. Ya si alguien se reconoce (o reconoce a la gente que lo rodea) en mis confesiones, adelante.

Una vez aclarado esto, partiendo del magnífico monólogo de Marat que cito arriba, quiero hablar de dos de estas ideas perversas que considero la humanidad ha venido arrastrando con particular perjuicio de su salud mental hasta depositarlas en mi espalda. La paternidad de ambas se le reconoce a los griegos: por un lado, la preeminencia de la razón, por el otro, la veneración de la belleza física.
Del triunfo de la razón viene la costumbre de crear una mitología para los problemas mentales. Así, por ejemplo, doy mil justificaciones para explicar por qué soy tímido, o por qué decidí la carrera de actor, o por qué se me da bien analizar las cosas y a las personas, de la misma manera en que los pueblos antiguos creaban un mito para explicar la lluvia, y para explicar porque odiaban al pueblo vecino y, lo que es mejor, por qué tenían derecho a odiarlo, a hacerla la guerra y robarle sus mujeres. Son creencias muy peligrosas, y por eso es que Freud le llamaba neurosis a los sentimientos religiosos, asociando, sin duda, el hecho de que una persona tenga miedo a salir a la calle porque piensa que va a matar a alguien con el hecho de que alguien tema tener pensamientos impuros porque va a desencadenar la ira de Dios. Si ha leído la Biblia, la cosa se pone más fea: la ira de Dios sobre sus hijos y los hijos de sus hijos por seis generaciones. Yo leí la Biblia siendo muy pequeño y creyendo que todo eso era no la expresión de la mitología judía sino algo así como la biografía de Dios, con las consecuencias que pueden deducirse de semejante creencia (traten de leer el libro de Job o el mito de Adán y Eva de forma literal y como si no fueran mitos); por otro lado, viví muchos años firmemente convencido de que mis pecados, por muy menores que fueran, provocaban que Jesús volviera a sufrir que le clavaran las manos, y no puedo imaginar dolor más grave.

La otra idea es la excesiva importancia dada a la belleza física. En la película Gummo hay una magnífica escena que lo ilustra; una pareja de infantes intercambian palabras de amor, y él le pregunta a ella si le parece atractivo. La chica responde: no, pero estás bien así, delgaducho... la respuesta de la chica le produce desesperación y comienza a hacer ejercicio. Ahora bien, esto es bastante patético: ¿qué le importa al pobre infeliz que no lo considere atractivo, si le está diciendo que le gusta tal como es?.

Es imposible que uno se distinga por poseer todas las cualidades del mundo. También es evidente que no se sufre por ello, porque algunas cualidades no son tan importantes. Uso cualidad en el sentido más elemental de la palabra, sin otorgarle ningún sentido moral. Es decir, considerando tan cualidad la inteligencia como la generosidad como la belleza como la maleabilidad de los metales y la irritabilidad de algunas personas y mi "timidez" (lo pongo entre comillas porque es una de esas cosas cuyas causas tengo tan analizadas que tengo que concluir que se trata de uno de mis mitos personales, de la misma manera que la abnegación de los mexicanos y su milenaria mala suerte, justificada por la Conquista). Antes de ponerme a reflexionar sobre ello, nunca me quejé de no ser más generoso, o por no tener gran compromiso social; al contrario, llegué a reclamarle a Dios el no haberme hecho más atractivo. Estoy seguro de que hay virtudes en las que nunca me he puesto a pensar y que no tengo (o a lo mejor sí, pero lo que importa es o ser atractivo o ser inteligente).

Para terminar quiero hacer una reflexión sobre el papel antagónico que se ha dado a estos dos valores, y quiero asociar el atractivo físico con otros valores que tradicionalmente toman la forma de una persona atractiva. De la misma forma que para los griegos el hombre de proporciones perfectas y cuerpo perfecto era naturalmente el reflejo de un alma no menos hermosa y de un poderoso raciocinio, los guapos de hoy en día, hombres y mujeres, se asocian con la seguridad, el éxito social, la fama, el liderazgo y el triunfo de lo erótico. En Dorian Gray se dice que la belleza "hace príncipes de quienes la poseen, les abre todas las puertas". Tenemos aquí, de una u otra manera, al ser erótico, que obtiene lo que desea, que satisface sus impulsos, un tanto superficial, con ánimo conquistador, tal como describe Nietzsche a la raza de hombres superiores, donde la voluntad de vivir se glorifica. En oposición, tenemos a la raza de los hombres "sanos", aquellos que renuncian a los placeres sensuales y cultivan el espíritu, glorificando la inteligencia... algo mucho más fácil de hacer para los oprimidos, en quienes el valor y el coraje, la voluntad, estaban tan adormecidos. Nietzsche, como se sabe, consideraba que el triunfo de la razón era la muerte de la vida, criticando amargamente a Sócrates por haber desencadenado la desaparición de la tragedia ática, al haber condenado duramente las pasiones.

Esto es una peligrosa dicotomía, y ésta es la otra idea perniciosa con que me ha jodido la existencia la cultura occidental: la de que el mundo se divide en DOS lados. Precisamente DOS, que se oponen... malo/bueno, superficial/profundo, inteligente-sano-buenapersona/popular-atractivo-chicomalo-muchaschicas... etc.

Es bueno recordar de vez en cuando que, mientras los humanos tenemos dos sexos, hay especies de hongos que tienen más de sesenta.