miércoles, 13 de julio de 2016

La belleza perdida... reflexiones sobre El retrato de Dorian Gray


Para todos aquellos seres de los que, encontrando en su rostro y su voz belleza,
me he enamorado.


He estado leyendo mal mi novela favorita. He aquí mi rectificación:

Cuando esta novela salió a la luz, fue calificada de inmoral. No es difícil imaginar lo mucho que halagó eso a Wilde, que sin duda hubiera querido que su obra tuviera sobre sus lectores el efecto que sobre Dorian Gray tiene el libro que Lord Henry Wotton le obsequia tras la muerte de su amada, que le descubre las posibilidades de una vida de excesos sensuales y artísticos. Sin duda apenado, Wilde contestó (como me contesta hoy), que estaban leyendo mal la obra:

"Y la moral es: todo exceso y toda renuncia llevan su propio castigo. El pintor, Basil Hallward, que como la mayoría de los pintores venera en exceso la belleza física, muere a manos de un individuo en cuya alma ha hecho despertar una vanidad absurda y monstruosa. Dorian Gray, que ha llevado una vida de meras sensaciones y placeres, intenta matar a su conciencia, pero en el mismo instante se mata él. Lord Henry Wotton no quiere ser más que un espectador de la vida. Comprende que los que rehúsan el combate quedan con heridas más profundas que quienes lo aceptan".


"Me alegra que le guste «Dorian Gray; lo han atacado por motivos estúpidos, pero creo que a la postre será reconocido como una verdadera obra de arte que contiene una fuerte lección moral".


Dos aspectos quiero considerar en la presente reflexión: la obsesión con la belleza física y la moral, lo que me lleva a cuestionarme qué significado tienen estos dos conceptos (belleza y moral) en el pensamiento wilderiano y cómo los pone en escena (y, por lo tanto, en conflicto) en la fábula de Dorian Gray. En este sentido, es oportuno recordar que, por un lado, Wilde quería que su obra fuera "tan delicada como una alfombra persa" y, por el otro, la consideraba "una fábula moral".

No debemos olvidar la profunda inclinación de Wilde por el pensamiento de Platón ni, por supuesto, su erudicción en el tema: Wilde había estudiado en Oxford lo que equivaldría a nuestra licenciatura en Letras Clásicas. De inmediato salta el conflicto a los ojos del lector: Platón, moralista, consideraba la belleza como la manifestación del bien que, a través de la contemplación, nos conduce al mundo de las ideas. Lord Henry Wotton, el personaje más enigmático y seductor de El retrato de Dorian Gray, defiende una vida de excesos entre cuyas preocupaciones no se encuentra ciertamente el bien. Lord Henry condena toda ley que la moral impone a los deseos del hombre como una forma de frenar su desarrollo, y mantiene una postura trágica (y freudiana) respecto a los deseos reprimidos, que envenenan el alma y le impiden su sano desarrollo. "La mutilación de los salvajes sobrevive, trágicamente, en las renuncias que merman nuestra vida". "La única forma de liberarse de una tentación, es ceder a ella", dice en el mismo magnífico parlamento, haciendo eco de las ideas de Epicuro, pero añadiéndoles un matiz decadente y sensual.

Platón instaba a despreciar las apariencias; en La República tenemos a un anciano que, cuestionado por Sócrates sobre los horrores de la vejez, celebra haberse visto liberado del amor y del deseo, que encadenan al hombre: se ha liberado del cuerpo, para cultivar su alma. Lord Henry declara que "la juventud es lo único que importa" y que "la belleza es el mayor de todos los misterios; hace príncipes a quienes la poseen". Además manifiesta cierto desprecio por la inteligencia y las cualidades del espíritu cuando le dice a Basil: "tienes, por supuesto, cierto aire intelectual, pero la verdadera belleza termina donde empieza la expresión intelectual. Cuando pensamos nos ponemos horrorosos: uno es toda nariz, o toda frente, una cosa monstruosa. El delicado joven del que me has hablado no ha pensado nunca, estoy seguro: es una cosa hermosa que está ahí para cuando el calor nos agobie, y para recordarnos las rosas primaverales en el invierno".

¿Debemos pasar por alto este comentario como una broma ingeniosa? Una adolescencia dedicada a leer y amar a Wilde me ha enseñado que, para él, los momentos serios deben tomarse trivialmente y con mucha seriedad las bromas. Después de todo, son estos comentarios "lanzados al azar", como Dorian lo nombra, los que provocan su tragedia. "La seriedad es el último refugio de los huecos", dice Oscar, y también "sólo los superficiales no juzgan por las apariencias". Tendemos a calificar a las personas que se fijan excesivamente en lo material y en lo físico de "superficiales, triviales, banales", pero, ¿no es acaso lo contrario? ¿Acaso no se toman esos atributos con una seriedad excesiva, religiosa, que limita su libertad y su capacidad de apreciar lo bello? La dimensión metafísica que Marx aplica a la mercancía (no es sólo el producto, sino el halo mágico que rodea el producto), es aplicado por estas personas a cualidades materiales, a estereotipos, a riquezas, aunque en su discurso se describan como gente despreocupada y libre. Wilde realizar una curiosa inversión: a la superficialidad y estupidez de su tiempo (y del nuestro), opone la profundidad del artista, para quien todo, como para Platón, es apariencia. El artista no puede ignorar los símbolos,y comprende que la forma lleva el secreto del contenido. Cuando las caderas perfectas de una chica que pudiera ser modelo se convierten en algo más, en una metáfora, o cuando los ojos de una chica común y corriente para las revistas se convierten en estrellas, estamos, verdaderamente, frente a la belleza.

¿No es esto lo que sucede, a final de cuentas, con la apreciación que tanto lord Henry como Basil Hallward tienen de la belleza de Dorian Gray? Para el pintor, la pura presencia física de su hermoso modelo le sugiera "las líneas de una nueva escuela artística, ese sueño de belleza en días de meditación". Para lord Henry Wotton, encarna "la inocencia de la infancia y el ardor de la adolescencia". De tal manera que el significado último de la belleza para Wilde coincide con la interpretación de Platón: la belleza es aquella cualidad que nos permite enamorarnos, y es a través de ese amor que podemos desarrollarnos plena y absolutamente, que es, cabe decir, el fundamento de la ética wilderiana.

El retrato de Dorian Gray trata, entonces, de la transgresión de ese principio ético, lo que convierte la fábula moral de Oscar en una poderosa tragedia, cuyo tema es, justamente, la destrucción de la belleza, ese principio soberano que es, quizás, demasiado elevado tanto para el individuo victoriano como para el posmoderno. Hay un horror constante a la destrucción de la belleza, tanto en lord Henry como en Basil Hallward, que es transmitido finalmente a Dorian. Para lord Henry, ese peligro se haya en los peligros del pensamiento y de las buenas costumbres. Para Basil Hallward, en la influencia perniciosa que la moral decadente de lord Henry puede ejercer sobre Dorian. Basill desea ardientemente que Dorian no viva, que se mantenga convertido en un retrato, fuente de inocencia, mientras que lord Henry desea que Dorian acceda a todos los placeres que le permite su belleza, aunque sabe que ésta tiene que acabar. Dorian explota ante la manifestación de su belleza expuesta en su retrato, temeroso de que las nuevas experiencias de su vida la vayan a mermar. Le es concedido un terrible deseo: podrá acceder a todos los placeres imaginables, manteniendo su belleza y su juventud. A cambio, el retrato envejecerá por él y se ajará con sus vicios. La paradoja consiste en que la belleza perenne de Dorian es un engaño: el precio de su deseo consiste en la destrucción de su belleza, como queda patente en su cuadro. De manera que el remordimiento de Dorian consiste, simplemente, en la belleza perdida, la pérdida de su esencia y de su identidad en medio de placeres estúpidos que no le proporcionan felicidad. No son bellos, y la belleza se alimenta de belleza.

En cuanto a la transgresión ética propiamente dicha, la efectúa lord Henry Wotton, quien considera toda influencia como inmoral, ya que hace que el individuo "piense los pensamientos de los otros, siente las emociones de otros... haga un papel hecho para otro actor". De inmediato lo vemos decidido a influir a Dorian, de tal manera que el muchacho se ve arrastrado a buscar "el placer y nunca la felicidad". Se trata de un placer aprendido, efímero, que no deja otra cosa que el tedio... Dorian no puede apreciar la belleza, porque no puede aceptar sus cambios, porque no puede captar su sentido más profundo. De tal manera que no se desarrolla: únicamente se degrada. La belleza nos eleva, necesariamente, nos hace conocernos a nosotros mismos y al otro, en cuya voz y en cuyos ojos descubrimos el misterio.

¿No es, después de todo, lo que nos sucede cuando nos enamoramos de aquellas cualidades exaltadas por los medios de comunicación? ¿Cuando exigimos que, para gustarnos alguien, debe adecuarse al estereotipo o, peor aún, cuando nos exigimos a nosotros, para gustarle a alguien, ajustarnos al estereotipo? Siguiendo tales patrones para enamorarnos, estamos actuando un papel escrito por otros. Lo cierto es que, nuestra sociedad, obsesionada con el físico, no sabe apreciar la belleza. Y, como dice lord Henry, acaso sin entender enteramente el sentido de lo que dice: "la belleza es lo único que importa".

viernes, 24 de abril de 2015

Las trampas del lenguaje

Debemos quitar ciertos conceptos de nuestro vocabulario. Apenas empiezo a hablar del tema, y ya he caído en la primera trampa, en la que gustoso me revuelco para iniciar mi disertación.
Pues quiero hablar hoy del "deber", en sus diversas conjugaciones y posibilidades. "Debo, debemos, deberías, debes...". La palabra favorita de Dios. La palabra favorita de chicos y grandes: los niños deben obedecer a sus padres, los gobiernos deben velar por el bienestar de sus ciudadanos, el arte debe elevar el espíritu y ejercer la crítica social, los niños deben vestir de azul y las niñas de rosa, los padres deben mimar a sus hijos... el acto mágico de hablar, que nos engaña y nos seduce. Ya lo dijo Proust de uno de sus personajes que, experto en las jerarquías nobiliarias, se deleitaba en citar los títulos completos de los pares de Francia, como si al acariciar sus sílabas gozara de sus privilegios, evocando en la cadencia de sus honores los banquetes y los placeres sólo a ellos destinados. Es lo más que podrá acercarse a la condición de los príncipes. De la misma manera, el hombre común, quejándose desde la tribuna de su cotidianidad (conde cumple su deber de hombre anónimo), se imagina en el magistrado donde se dictan los destinos cuando habla de que "los otros deben hacer esto o lo otro". Por lo menos de esa sabiduría podemos estar seguros: sabemos perfectamente lo que deben hacer los otros.

¿Qué contiene la palabra "deber"?  Le reconozco un único uso legítimo: aquel que se le da al referirse a los trabajos. Decimos, por ejemplo, que un pastel debe dejarse hornear un tiempo determinado, que un deportista debe entrenar constantemente y que un actor debe comprender su papel. En este sentido, la palabra es nítida y luminosa: es fácil contestar para qué ha de cumplirse. Se deriva de un hecho tangible y concreto: si el pastel se hornea por más tiempo se quemará, si el atleta no entrena tendrá lesiones y no podrá desarrollar sus habilidades, si el actor no comprende su papel no podrá compartri su riqueza con el público. Nos encontramos frente a un deber mucho más poderoso, mucho más perentorio y ético: si quieres obtener esto, haz esto... como consecuencia, lo tendrás. Y luego el no debes: si no quiere que esto pase, no debes hacer esto...

De tal manera vivimos, como el personaje de Proust, acariciando, tiránicos, la palabra "deber", siempre con la idea inconsciente de que ese "deber" deriva de un estado metafísico (habitualmente de Dios). Simplemente nos es imposible concebir que las cosas sean diferentes a como las imaginamos, a como están establecidas, y cuando esto sucede, decimos que el trasgresor está "haciendo lo que no debe". ¿Qué pasaría si nos quitamos de la cabeza la idea de que los seres humanos deben hacer cosas, que están obligados por alguna ley dictada por un poder anónimo a cumplir mandatos? Mejor sería pensar, creo yo, en qué debemos hacer para obtener lo que queremos y si esto requiere de la violencia (como quizás lo requiera la situación actual del país, para acabar con ella), pues ni modo. No hay moral que valga en contra de este nuevo uso de la palabra deber.
Esto me parece mejor que lamentarse de que los políticos "no cumplen con su deber". El hecho es que son tipos con poder sobre otros... y en medio de tal circunstancia, harán lo que les dicte su voluntad. No podemos confiar (es una ingenuidad) en que su voluntad se guíe por "el deber"; por el contrario, el auténtico deber es dictado por la voluntad, pues el deber no existe previamente al hombre: existe tan sólo una sociedad, una tradición, que ha preservado ciertos deberes. Pero la condición primigenia del hombre (donde radica la esencia de su libertad) no los conoce. Al auténtico deber se llega por medio de la libertad, por medio de la voluntad, educada por los ideales del individuo.
Claro está que el poder de un político emana del pueblo sobre le que éste reina. En este sentido, es en el que decimos que "se debe al pueblo". Pero no podemos confiar en esto, y es absurdo, infantil, pensar que así debe ser. Si así debe ser es por nuestra voluntad de tener un buen gobierno.

En ese sentido, debe entenderse el inicio de mi alegato de la siguiente manera: debemos deshacernos de la palabra deber para encontrar nuestra libertad y liberarnos de una de las más pérfidas trampas del lenguaje.

martes, 7 de abril de 2015

Cuando las ideas se vuelven costras

"Estamos tan intoxicados de ideas transmitidas a lo largo de las generaciones
que ni siquiera los mejores entre nosotros hemos llegado a liberarnos de ellas"
PETER WEISS

Voy a tratar de evitar en lo posible incurrir en el cómodo vicio de generalizar para hacer menos evidente el desnudo. Hermosa frases como "la naturaleza humana" para comenzar una descripción poco halagadora de uno mismo. Tal vez peco de soberbia al pretender que mis vicios son exclusivamente míos, y aquello que critico no sea otra cosa que el método más sabio para conocer la naturaleza humana: inspeccionarse a uno mismo, porque lo que hay en la propia alma, seguro la habrá en la de los otros. Prefiero imaginar que peco de humildad y de buena fe para con mi prójimo, o acaso de un poco de miedo a incurrir en falsas acusaciones. Pero la única verdad de mi prevención contra las generalidades es el exhibicionismo que me caracteriza; prefiero el efecto estético de la confesión a la severidad de las acusaciones. Ya si alguien se reconoce (o reconoce a la gente que lo rodea) en mis confesiones, adelante.

Una vez aclarado esto, partiendo del magnífico monólogo de Marat que cito arriba, quiero hablar de dos de estas ideas perversas que considero la humanidad ha venido arrastrando con particular perjuicio de su salud mental hasta depositarlas en mi espalda. La paternidad de ambas se le reconoce a los griegos: por un lado, la preeminencia de la razón, por el otro, la veneración de la belleza física.
Del triunfo de la razón viene la costumbre de crear una mitología para los problemas mentales. Así, por ejemplo, doy mil justificaciones para explicar por qué soy tímido, o por qué decidí la carrera de actor, o por qué se me da bien analizar las cosas y a las personas, de la misma manera en que los pueblos antiguos creaban un mito para explicar la lluvia, y para explicar porque odiaban al pueblo vecino y, lo que es mejor, por qué tenían derecho a odiarlo, a hacerla la guerra y robarle sus mujeres. Son creencias muy peligrosas, y por eso es que Freud le llamaba neurosis a los sentimientos religiosos, asociando, sin duda, el hecho de que una persona tenga miedo a salir a la calle porque piensa que va a matar a alguien con el hecho de que alguien tema tener pensamientos impuros porque va a desencadenar la ira de Dios. Si ha leído la Biblia, la cosa se pone más fea: la ira de Dios sobre sus hijos y los hijos de sus hijos por seis generaciones. Yo leí la Biblia siendo muy pequeño y creyendo que todo eso era no la expresión de la mitología judía sino algo así como la biografía de Dios, con las consecuencias que pueden deducirse de semejante creencia (traten de leer el libro de Job o el mito de Adán y Eva de forma literal y como si no fueran mitos); por otro lado, viví muchos años firmemente convencido de que mis pecados, por muy menores que fueran, provocaban que Jesús volviera a sufrir que le clavaran las manos, y no puedo imaginar dolor más grave.

La otra idea es la excesiva importancia dada a la belleza física. En la película Gummo hay una magnífica escena que lo ilustra; una pareja de infantes intercambian palabras de amor, y él le pregunta a ella si le parece atractivo. La chica responde: no, pero estás bien así, delgaducho... la respuesta de la chica le produce desesperación y comienza a hacer ejercicio. Ahora bien, esto es bastante patético: ¿qué le importa al pobre infeliz que no lo considere atractivo, si le está diciendo que le gusta tal como es?.

Es imposible que uno se distinga por poseer todas las cualidades del mundo. También es evidente que no se sufre por ello, porque algunas cualidades no son tan importantes. Uso cualidad en el sentido más elemental de la palabra, sin otorgarle ningún sentido moral. Es decir, considerando tan cualidad la inteligencia como la generosidad como la belleza como la maleabilidad de los metales y la irritabilidad de algunas personas y mi "timidez" (lo pongo entre comillas porque es una de esas cosas cuyas causas tengo tan analizadas que tengo que concluir que se trata de uno de mis mitos personales, de la misma manera que la abnegación de los mexicanos y su milenaria mala suerte, justificada por la Conquista). Antes de ponerme a reflexionar sobre ello, nunca me quejé de no ser más generoso, o por no tener gran compromiso social; al contrario, llegué a reclamarle a Dios el no haberme hecho más atractivo. Estoy seguro de que hay virtudes en las que nunca me he puesto a pensar y que no tengo (o a lo mejor sí, pero lo que importa es o ser atractivo o ser inteligente).

Para terminar quiero hacer una reflexión sobre el papel antagónico que se ha dado a estos dos valores, y quiero asociar el atractivo físico con otros valores que tradicionalmente toman la forma de una persona atractiva. De la misma forma que para los griegos el hombre de proporciones perfectas y cuerpo perfecto era naturalmente el reflejo de un alma no menos hermosa y de un poderoso raciocinio, los guapos de hoy en día, hombres y mujeres, se asocian con la seguridad, el éxito social, la fama, el liderazgo y el triunfo de lo erótico. En Dorian Gray se dice que la belleza "hace príncipes de quienes la poseen, les abre todas las puertas". Tenemos aquí, de una u otra manera, al ser erótico, que obtiene lo que desea, que satisface sus impulsos, un tanto superficial, con ánimo conquistador, tal como describe Nietzsche a la raza de hombres superiores, donde la voluntad de vivir se glorifica. En oposición, tenemos a la raza de los hombres "sanos", aquellos que renuncian a los placeres sensuales y cultivan el espíritu, glorificando la inteligencia... algo mucho más fácil de hacer para los oprimidos, en quienes el valor y el coraje, la voluntad, estaban tan adormecidos. Nietzsche, como se sabe, consideraba que el triunfo de la razón era la muerte de la vida, criticando amargamente a Sócrates por haber desencadenado la desaparición de la tragedia ática, al haber condenado duramente las pasiones.

Esto es una peligrosa dicotomía, y ésta es la otra idea perniciosa con que me ha jodido la existencia la cultura occidental: la de que el mundo se divide en DOS lados. Precisamente DOS, que se oponen... malo/bueno, superficial/profundo, inteligente-sano-buenapersona/popular-atractivo-chicomalo-muchaschicas... etc.

Es bueno recordar de vez en cuando que, mientras los humanos tenemos dos sexos, hay especies de hongos que tienen más de sesenta.